El viaje comienza con la llegada a Oslo, una capital que sorprende por su equilibrio entre ciudad y naturaleza. Tras el vuelo y el traslado al alojamiento, el día se dedica a aterrizar con calma, pasear por el centro y empezar a sentir el carácter nórdico del país. El puerto, la ópera y los barrios junto al fiordo son una primera toma de contacto perfecta. No es un día de prisas, es el momento de adaptarse, conocer al grupo y empezar a saborear que la aventura acaba de arrancar.
Por la mañana recogemos el vehículo y dejamos atrás la capital para adentrarnos en el interior del país. La carretera nos conduce a través de bosques, ríos y lagos que parecen no tener fin, mientras el paisaje se vuelve cada vez más abierto y salvaje. El valle de Hallingdal marca el camino y ofrece múltiples paradas espontáneas para estirar las piernas y disfrutar del entorno. A medida que ganamos altitud, el aire se vuelve más frío y limpio. La llegada a Geilo, rodeada de montañas y naturaleza, confirma que estamos en plena Noruega.
Salimos de Geilo para cruzar uno de los tramos más impresionantes del viaje. El Parque Nacional de Hardangervidda se extiende ante nosotros como un paisaje casi lunar, amplio, silencioso y poderoso. El recorrido regala sensaciones de libertad absoluta. En el camino, la cascada de Vøringsfossen aparece como un golpe de realidad, recordándonos la fuerza del agua en este país. Poco a poco, las montañas se abren y el primer fiordo entra en escena. La llegada a Bergen supone un cambio de ambiente: una ciudad viva, colorida y rodeada de montañas.
Dejamos Bergen atrás para explorar una Noruega más tranquila y auténtica. La ruta discurre entre fiordos secundarios, túneles interminables y tramos donde el mar y la montaña parecen competir por el protagonismo. El viaje se vive sin prisas, con paradas improvisadas para disfrutar del paisaje y respirar aire puro. Es un día de carretera, de conversaciones, música y ventanas abiertas siempre que el clima lo permite. Førde nos recibe al final de la jornada como un lugar sereno, perfecto para descansar tras un día intenso.
Hoy el paisaje alcanza uno de sus puntos más altos. La carretera nos lleva por zonas donde los fiordos se vuelven más profundos y las montañas más verticales. Si las condiciones acompañan, el desvío hacia el área de Geiranger ofrece uno de los escenarios más impresionantes del país, con miradores que obligan a detenerse en silencio. Cascadas, curvas y vistas que parecen irreales acompañan todo el recorrido. La llegada a Ålesund es especial, una ciudad repartida sobre islas, con un carácter único. El día se puede cerrar subiendo al mirador para contemplar el atardecer sobre el mar.
Abandonamos la costa para volver al interior, atravesando algunas de las carreteras más emblemáticas de Noruega. El trayecto está lleno de curvas, desniveles y miradores que convierten la conducción en parte fundamental de la experiencia. El entorno se vuelve cada vez más montañoso y remoto, reforzando la sensación de estar en plena expedición. Poco a poco, los valles se abren y los grandes lagos comienzan a dominar el paisaje. Al final del día llegamos a Lillehammer, conocida por su pasado olímpico y su ambiente relajado.
Último día de carretera. El trayecto hacia Oslo discurre entre bosques y junto al lago Mjøsa, el más grande del país, ofreciendo un último gran escenario natural antes de regresar a la ciudad. Es un día más tranquilo, ideal para asimilar todo lo vivido durante el viaje. La llegada a Oslo marca el cierre del roadtrip, con tiempo para un último paseo, una cena de despedida y la sensación compartida de haber recorrido una Noruega auténtica y salvaje.
Tras el desayuno, traslado al aeropuerto y vuelo de regreso a la ciudad de origen. El viaje termina, pero el recuerdo de los fiordos, las carreteras y la sensación de libertad permanece mucho después de aterrizar.