La aventura comienza de madrugada. Tras aterrizar en Keflavík, recogéis el coche y descansáis cerca del aeropuerto. El paisaje volcánico y el aire salino del Atlántico son el primer aviso: Islandia ya está presente, incluso antes de arrancar el motor.
El viaje arranca con fuerza: cascadas, géiseres en erupción y placas tectónicas que se separan bajo vuestros pies. Al avanzar hacia el oeste, el paisaje se vuelve más salvaje hasta llegar a Grundarfjörður, dominado por la silueta casi mística del Kirkjufell.
Montañas escarpadas, fiordos tranquilos y largas carreteras que parecen no tener fin. El norte os recibe con calma en Akureyri, una pequeña ciudad rodeada de naturaleza donde el tiempo parece ir más despacio.
El trayecto atraviesa paisajes abiertos y poco habitados. Cascadas escondidas, mesetas volcánicas y una sensación constante de aislamiento. Egilsstaðir aparece como un oasis verde en el corazón del este islandés.
La carretera serpentea entre fiordos del este y vistas al océano. Poco a poco, los glaciares comienzan a dominar el paisaje. Höfn, con su ambiente marinero, marca la entrada a una de las zonas más espectaculares del país.
Lagunas glaciares, lenguas de hielo y playas de arena negra se suceden una tras otra. El sur muestra su lado más dramático, con una naturaleza poderosa que acompaña hasta los tranquilos alrededores de Kirkjubæjarklaustur.
Un día intenso, repleto de iconos islandeses: grandes cascadas, acantilados y vistas a volcanes cubiertos de hielo. El paisaje es verde, fértil y lleno de energía, antes de descansar cerca de Selfoss.
La capital surge tras días de naturaleza indómita. Reikiavik combina diseño, cultura y vida urbana, sin perder nunca de vista el mar y las montañas que la rodean. Un cierre perfecto para el viaje por carretera.
Último trayecto, corto pero emotivo. Devolvéis el coche y os despedís de una isla que deja huella: paisajes extremos, carreteras infinitas y la sensación de haber recorrido uno de los lugares más especiales del planeta.